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Mateo Miras era un trabajador más del Hospital General Universitario Santa Lucía de Cartagena. Instalador y mantenedor de quirófanos, estaba más con las máquinas que con los pacientes. Nunca había saltado al otro lado. Hasta que en diciembre de 2011 llegó el diagnóstico de Hematología: leucemia mieloide crónica. Una década atrás su enfermedad habría significado prácticamente una sentencia de muerte, pero en 2001 un fármaco, imatinib, acercaba la esperanza de vida de estos pacientes con la de la población sana.

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